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La Ciencia de Invertir

Las Emociones También Invierten

Cuando estructuramos un portafolio de inversión, solemos pensar en términos técnicos: la rentabilidad esperada, el riesgo que estamos dispuestos a asumir y el horizonte temporal. Sin embargo, existe un factor silencioso pero profundamente determinante en sus resultados de largo plazo: sus propias emociones. Entenderlas es clave para tomar decisiones de inversión con la cabeza fría.

La razón es simple: al invertir, no siempre actuamos de forma completamente racional. Existen patrones de comportamiento que afectan incluso a los inversionistas más experimentados, y que muchas veces pasan desapercibidos hasta que nublan el criterio en el peor momento. La clave está en identificarlos a tiempo, antes de que terminen costándole caro.

Reconocer estos sesgos no es una debilidad, sino el primer paso para construir una filosofía de inversión disciplinada que le permita alcanzar sus objetivos de inversión en el largo plazo. A continuación, revisaremos los cuatro sesgos más comunes y qué puede hacer usted para no caer en ellos.

Exceso de confianza

¿Cuántas veces ha escuchado a alguien decir, con total seguridad, que “esta inversión es la buena”? Eso es exceso de confianza: creer que se sabe más de lo que realmente se sabe. Y tiene un costo concreto: puede llevarlo a concentrar gran parte del dinero en pocas inversiones, sin darle suficiente peso al riesgo de equivocarse. Cuando algo sale mal, además, es común atribuirlo a factores externos en lugar de reconocer que fue una mala decisión propia.

¿Cómo se maneja?: La respuesta no está en tener más información, sino en aceptar algo incómodo: en materia de inversiones existen numerosas variables que no se pueden anticipar ni controlar, y pretender estar completamente seguro de un resultado es, más que una fortaleza, un signo de ingenuidad. Aquí el rol del asesor es clave, no para dar certezas donde no las hay, sino para hacer las preguntas que le permitan a usted darse cuenta de todo lo que escapa a su control. En la práctica, esto se traduce en diversificación: repartir las inversiones en distintos activos en lugar de concentrarlas en unos pocos, y revisar con ejemplos concretos qué pasaría con la cartera en un escenario adverso de mercado.

Aversión a la pérdida

Vender con pérdida se siente como aceptar un fracaso. Por eso, muchos inversionistas mantienen durante largo tiempo una inversión que está perdiendo valor, esperando que se recupere, mientras que las inversiones con ganancias se venden con mayor rapidez, aunque financieramente sea, muchas veces, la decisión menos razonable.

¿Cómo se maneja?: Definiendo de antemano —antes de invertir, no en medio de la caída— un límite claro de pérdida que se está dispuesto a asumir. Ayuda también mirar el desempeño de la cartera en su conjunto, y no a nivel de posiciones aisladas, enfocándose en el largo plazo en lugar de angustiarse por las variaciones recientes, y revisando cómo se ha comportado esa misma estrategia en crisis pasadas y cuánto tiempo tomó recuperarse.

Miedo a quedarse fuera

Un conocido cuenta que le fue muy bien con cierta inversión, y la tentación de sumarse sin más es inmediata. Esto se llama comportamiento de manada: seguir a la mayoría en lugar de evaluar si esa alternativa realmente calza con los propios objetivos y con el nivel de riesgo que se está dispuesto a asumir.

¿Cómo se maneja?: Comparando siempre cualquier nueva idea de inversión con sus objetivos de inversión en el largo plazo, antes de incorporarla a la cartera. Si no calza con los objetivos y el riesgo que usted está dispuesto a asumir, probablemente no sea el momento ni la forma adecuada de participar en ella.

Encariñarse con una inversión

¿Vendería hoy esa inversión que heredó de un familiar, o la que alguna vez le dio una gran ganancia? Para muchos, la respuesta es no, no porque siga siendo la mejor alternativa, sino porque le tienen cariño. Ese apego trae consigo varios problemas: cuesta más rebalancear el portafolio cuando corresponde, el dinero termina concentrado en pocas inversiones, y se dejan pasar otras alternativas que podrían ser más convenientes para usted.

¿Cómo se maneja?: Una buena pregunta para ponerse a prueba es: si hoy se tuviera el equivalente en efectivo, ¿se compraría esta misma inversión al precio actual de mercado? Si la respuesta es no, la única razón para mantenerla es el apego, no hay una razón lógica detrás. También ayuda invertir a través de vehículos diversificados, como fondos o ETFs, donde la decisión de qué comprar y vender se delega a un tercero, sin necesidad de quedar fuera del mercado.

Reconocer estos cuatro sesgos y conversarlos con su asesor es fundamental para mantener la disciplina y no perder de vista sus objetivos de inversión en el largo plazo.

 

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